Las heridas que pasan de una generación a otra

 

¿Puede una persona sufrir las consecuencias de un trauma que ocurrió antes de que naciera? La respuesta científica exige matices.

El trauma no se transmite de una generación a otra como si fuera un objeto que pasa intacto de padres a hijos. Lo que sí puede heredarse o aprenderse es una mayor vulnerabilidad al estrés, determinadas formas de reaccionar ante el peligro o dinámicas familiares y sociales condicionadas por experiencias traumáticas que nunca llegaron a elaborarse.

“No es como un jarrón que vaya pasando intacto de generación en generación”, explica Alicia Álvarez, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Según la especialista, las generaciones posteriores no tienen por qué heredar el trauma como tal, pero sí pueden mostrar una mayor susceptibilidad a desarrollar un trastorno de estrés postraumático, conocido como TEPT, o reproducir respuestas de miedo, evitación e hipervigilancia aprendidas en el entorno familiar.

El concepto de trauma transgeneracional comenzó a estudiarse especialmente a partir de las experiencias de los descendientes de supervivientes del Holocausto, genocidios, guerras y desplazamientos forzados.

Las investigaciones más recientes apuntan a que esta transmisión puede producirse mediante una combinación de factores psicológicos, familiares, sociales y culturales y también biológicos o epigenéticos. 

 

Trauma individual y trauma social

Para comprender cómo se transmite un trauma, Álvarez propone diferenciar entre el trauma individual o relacional y el trauma social. 

El trauma individual aparece cuando una persona vive una situación extrema, como una guerra, un abuso, un atentado o un episodio de violencia familiar, y desarrolla síntomas que alteran su vida cotidiana. En estos casos, los hijos o nietos no heredan necesariamente el trastorno, pero pueden presentar una mayor vulnerabilidad psicológica o aprender determinadas formas de reaccionar ante el mundo.

El trauma social, en cambio, afecta a grupos amplios o incluso a países enteros. Surge cuando una comunidad vive un acontecimiento potencialmente traumático que modifica su forma de recordar, relacionarse, interpretar los conflictos o reaccionar ante determinadas situaciones.

“El trauma social hablaría de esos cambios en el ámbito social que se transmiten de generación en generación debido a que toda la población ha vivido un mismo hecho potencialmente traumático”, señala la experta. En este caso, lo que se transmite no es una enfermedad individual, sino silencios, miedos, relatos colectivos, formas de comportamiento e interpretaciones del pasado.

No todo se transmite biológicamente

La transmisión de un trauma también puede producirse a través del comportamiento.

Si una persona desarrolla una fobia o una conducta de evitación después de vivir un acontecimiento traumático, sus hijos pueden aprender esa forma de responder mediante la observación. Es lo que se conoce como aprendizaje vicario.

Un niño que crece viendo cómo sus padres reaccionan con miedo intenso ante determinadas situaciones puede incorporar ese comportamiento como una forma normal de protegerse. En ese caso, no ha heredado biológicamente el trauma, sino una respuesta aprendida a partir del sufrimiento del adulto.

Esta distinción es importante para evitar que el trauma transgeneracional se convierta en una explicación general para cualquier problema psicológico o familiar.

 

La vulnerabilidad no es un destino

Dos personas pueden vivir el mismo acontecimiento traumático y reaccionar de manera muy diferente.

El impacto depende de numerosos factores, como la historia personal, las experiencias previas, el entorno familiar, las estrategias de afrontamiento, el apoyo social y el acceso a atención psicológica.

Por eso, heredar una mayor susceptibilidad no significa estar condenado a desarrollar un trastorno.

Conocer esa vulnerabilidad puede ser útil para prevenir: permite identificar antes las señales de malestar, reforzar las redes de apoyo, cuidar la salud mental y solicitar ayuda especializada antes de que los síntomas se vuelvan crónicos.

 

El trauma puede dejar huella, pero también puede tratarse

El trauma no se hereda como una maldición familiar ni permite explicar por sí solo todos los problemas de una persona o una sociedad.

Sin embargo, las experiencias extremas sí pueden dejar huellas en el cuerpo, en la conducta, en las relaciones familiares y en la memoria colectiva.

Algunas de esas marcas pueden transmitirse mediante el aprendizaje, la convivencia, las dinámicas sociales o, posiblemente, determinados mecanismos epigenéticos.

Reconocerlas no significa resignarse. Al contrario: permite comprender su origen, tratarlas y evitar que sigan condicionando la vida de quienes no vivieron directamente el daño original.

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