El final de la vida laboral no supone únicamente disponer de más tiempo libro. Se trata, como asegura el doctor Bartolomé Freire, especialista en jubilación, de una transición profunda que modifica hábitos, relaciones y referencias personales y que, bien afrontada, puede convertirse en una oportunidad para descubrir nuevos intereses y dar sentido a una nueva etapa de la vida.

La jubilación representa mucho más que el final de una actividad profesional. Para el doctor Freire, supone una auténtica “ruptura biográfica” capaz de alterar patrones de conducta consolidados durante décadas y abrir un periodo de cierta inestabilidad cuya duración varía de una persona a otra.

El cambio afecta tanto a las circunstancias externas como al mundo interior de quien se jubila. Desaparecen horarios, obligaciones, relaciones profesionales y buena parte de las referencias que habían organizado la vida cotidiana. Al mismo tiempo, puede modificarse la percepción que la persona tiene de sí misma y también aquello que considera que el entorno espera de ella.

Freire entiende la jubilación como un final de ciclo que obliga a reorganizar la estructura de vida construida hasta entonces. En cierto modo, puede considerarse un rito de paso: se cierra una parte relevante de la historia personal y se accede a una nueva etapa, asociada también a un cambio de estatus social.

Del trabajo cotidiano a una agenda vacía

Una de las dificultades de este proceso reside en la brusquedad con la que suele producirse. El paso a la jubilación tiene lugar, en muchas ocasiones, prácticamente de un día para otro: después de una jornada laboral más o menos habitual llega otra en la que ya no existe una tarea asignada ni una estructura previamente definida.

La forma de vivir ese tránsito dependerá, en buena medida, del significado que el trabajo haya tenido para cada persona. Para algunos habrá sido una vocación y una fuente esencial de realización personal; para otros, fundamentalmente una obligación necesaria.
Sea cual sea el caso, el recién jubilado debe asumir que ha terminado una etapa de enorme peso en su trayectoria. No solo deja atrás una determinada organización del tiempo y unas relaciones profesionales, sino también parte de una identidad construida durante la vida adulta alrededor del trabajo y del reconocimiento asociado a él.

Lo que se pierde y lo que se gana

Como sucede en otros grandes cambios vitales, la jubilación combina pérdidas y oportunidades. “En todos los cambios vitales importantes siempre hay algo que se pierde y algo que se gana”, señala Freire.

Las pérdidas pueden poner en marcha un proceso de duelo, consciente o inconsciente. Durante ese proceso es frecuente que las personas recién jubiladas vuelvan la mirada hacia su propia trayectoria. Aparece entonces una revisión del pasado en la que pueden aflorar emociones relacionadas con los logros alcanzados, los proyectos que quedaron pendientes, los errores cometidos, los fracasos o incluso los daños sufridos o causados.

La adaptación pasa, según el especialista, por conseguir que el espacio dejado por aquello que desaparece pueda ocuparse progresivamente con nuevos roles, vínculos y compromisos. El objetivo no consiste simplemente en mantenerse ocupado, sino en reconstruir una identidad y encontrar propósitos capaces de dar sentido a la etapa que comienza.

La otra cara de la jubilación son las ganancias. Entre ellas destaca una experiencia especialmente valorada: la libertad y la posibilidad de ser dueño del propio tiempo.

Esa mayor disponibilidad puede despertar nuevos anhelos y abrir posibilidades que durante la vida laboral habían quedado relegadas. Viajar, aprender, cuidar las relaciones personales, desarrollar una afición, colaborar con otras personas o recuperar intereses olvidados son algunas de las opciones que pueden aparecer en esta etapa.

Para Freire, comienza así un tiempo en el que la persona puede resituarse ante la vida con menos condicionantes laborales y explorar dimensiones de sí misma que habían permanecido en segundo plano.

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