Los abuelos tienen un papel esencial en las familias, como apoyo emocional y educativo, como asegura el profesor de Fisiología Humana de la Universidad de Murcia y de la Universidad Autónoma de Barcelona, miembro del Senado de la Real Academia Europea de Doctores en su artículo El papel vitar de los abuelos en la estructura familiar. 

Corominas reflexiona sobre el enriquecimiento intergeneracional y destaca la contribución decisiva de los abuelos al bienestar emocional de las familias y a la educación de los más pequeños.

El académico sostiene que los abuelos representan mucho más que una ayuda práctica para los padres. A su juicio, constituyen una fuente de estabilidad, afecto y experiencia que permite a los niños crecer en un entorno emocionalmente seguro.

“Los abuelos acaban siendo la continuidad de los padres, maestros y amigos”, afirma. Esta función, explica, se manifiesta tanto en los cuidados cotidianos como en la transmisión de conocimientos, valores y formas de relacionarse con los demás.

Un refugio emocional para los nietos

El autor subraya que los abuelos aportan ternura, cariño y disponibilidad emocional. Su presencia puede ofrecer a los nietos un espacio de confianza en el que sentirse escuchados, comprendidos y acompañados durante las distintas etapas de su desarrollo.

Para Corominas, la bondad y la serenidad de los mayores poseen un valor difícilmente sustituible. “La bonhomía de los abuelos es insustituible”, señala, antes de destacar la fortuna que supone para un niño poder convivir con sus cuatro abuelos.

Esta relación afectiva se construye mediante los gestos cotidianos, las conversaciones, los juegos y el tiempo compartido. Una casa frecuentada por los nietos se convierte, en palabras del académico, en “una casa de amor, de correrías y de alegría”.

Los abuelos también pueden actuar como figuras de equilibrio en momentos de dificultad familiar o personal. Gracias a su experiencia, ayudan a relativizar los problemas, aportan calma y enseñan que el diálogo debe ser la principal herramienta para resolver los conflictos.

“Las palabras violentas rebotan y separan; las palabras amables entran y acercan”, advierte Corominas. Por este motivo, considera que los abuelos no deberían recurrir a los gritos, sino ejercer su influencia desde la paciencia, la amabilidad y el ejemplo.

Una labor educativa basada en la experiencia

Además de su función emocional, Corominas destaca el papel de los abuelos en la formación de los niños y adolescentes. Su experiencia vital les permite transmitir valores humanos y cívicos especialmente necesarios en una sociedad que el autor define como cambiante y “líquida”.

Los abuelos pueden enseñar la importancia del respeto, la responsabilidad, el esfuerzo físico e intelectual, la solidaridad y el cuidado del entorno. También ayudan a los nietos a comprender la historia familiar y a establecer un vínculo entre el pasado, el presente y el futuro.

En este sentido, actúan como un nexo entre generaciones y preservan conocimientos, recuerdos y tradiciones que, de otro modo, podrían perderse. Su papel educativo no consiste únicamente en dar consejos, sino en acompañar a los menores mientras descubren sus capacidades y construyen su identidad.

Corominas considera igualmente relevante su colaboración con los padres y la escuela en la orientación académica y profesional. “Cada nieto es un futuro gran profesional”, sostiene el autor, quien recuerda que cada niño posee un perfil propio, unas habilidades particulares y una manera diferente de relacionarse con el mundo.

Los abuelos, gracias a la observación cercana y al tiempo compartido, pueden ayudar a reconocer esas aptitudes. No obstante, el académico advierte de que esta colaboración debe realizarse siempre desde el respeto a las decisiones de los progenitores.

“Nunca un abuelo debe criticar o contradecir las órdenes de unos padres”, señala. De esta manera, defiende una educación coordinada en la que padres, escuela y abuelos desempeñen funciones complementarias y eviten transmitir mensajes contradictorios a los menores.

Una relación de aprendizaje mutuo

El vínculo entre abuelos y nietos no beneficia únicamente a los niños. Para Corominas, acompañar el nacimiento, el crecimiento y la evolución de un nieto constituye una de las experiencias más satisfactorias de la vida.

El autor describe como un privilegio contemplar cómo el niño atraviesa la infancia, llega a la adolescencia, se convierte en joven y finalmente alcanza la edad adulta como una persona independiente y preparada para afrontar la vida.

Cada nieto, afirma, “es diferente” y representa “un tesoro de la naturaleza”. El crecimiento de los más pequeños supone para los abuelos una forma de continuidad familiar y un logro que se vive con una intensidad especial.

Corominas recurre a diversas metáforas para explicar esta labor educativa. Compara al nieto con un diamante que, al ser pulido, se convierte en brillante, y con un árbol que, después de ser plantado, regado y cuidado, termina ofreciendo sus frutos. Con estas imágenes, pone de relieve que la formación de una persona exige tiempo, atención, paciencia y afecto.

También recuerda que crecer es un proceso basado en la observación, la acción, la reacción y la evolución. Los niños necesitan acompañamiento para interpretar sus experiencias, aprender de los errores y elegir entre los diferentes caminos que se presentan a lo largo de la vida.

Los abuelos pueden ayudarlos a comprender que una decisión equivocada no determina necesariamente su futuro. Siempre existe la posibilidad de rectificar, rehacer el camino y seguir avanzando.

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