Clara Garrido

Primera letrada ciega en el Congreso de los Diputados

"La ceguera me aporta creatividad en mi trabajo"

Clara Garrido no vive para contar su vida pero, cuando la cuenta, se desvive. No oculta las dificultades que ha tenido a lo largo de su historia. Cree que contarlas ayuda a los demás y eso, a su vez, a uno mismo.

Nació un 29 de marzo de 1976, año en el que otro alumbramiento no menos importante se estaba produciendo, el de nuestra democracia. No sabemos si este otro nacimiento fue el de una "hermana" ficticia que, dos años más tarde, tendría forma de Constitución y la que definitivamente inspiró a Clara para ser letrada de las Cortes españolas.

Desde pequeña, mientras le explicaban a sus padres que antes de los cuatro años perdería la visión, Clara demostraba una capacidad por aprender y conocerlo todo que la llevó a leer apenas cumplidos los tres años. Y es que la retinosis pigmentaria que le diagnosticaron vino por sorpresa, al tratarse de una enfermedad hereditaria en una familia donde no se habían presentado casos anteriormente.

Este hecho no amedrentó a sus padres ni a esa niña tan enérgica. Con mucha lógica y amplios conocimientos de psicología del lado paterno, sus padres decidieron llevar a Clara a un colegio ordinario, aprovechando el también recién nacido modelo de educación integrado.

Así fue cómo sus progenitores fueron "tremendamente posibilistas". Los médicos les daban la razón: "En estos casos hay dos opciones: protegerla mucho o dejarla vivir libremente con todas las consecuencias que eso acarrea. Si consigue salir adelante, será una persona absolutamente autónoma". Sus padres eligieron la segunda opción.

Clara, que tiene un profundo sentido del humor, reconoce entre risas que ha sido "bastante zote" a la hora de manejarse con la ceguera, quizás porque hasta pasados los 30 no perdió la vista del todo. Ella, que ha tratado siempre de aprovechar todos los recursos que le ha dado la vida, asegura que no fue hasta su etapa en la universidad cuando pudo contar con un ambiente de cierta normalidad.

Durante su época de Educación Secundaria, hubo varios momentos en los que a sus padres les sugirieron que la cambiaran de colegio por el tema de las burlas. "Si ya los niños se ríen del que tiene gafas, lo de la ceguera era escandaloso". Sus padres consideraron que los niños iban a seguir siendo "crueles" en cualquier centro educativo y que el camino era que su hija aprendiera a convivir con ello.

"Mis padres siempre me han enseñado que no hay gente mala, sino gente con miedos y dispuesta a herir a los demás para protegerse ellos mismos". Clara explica que no se puede hablar de discriminación positiva, pero que tenía que combatir el exceso de protección que ejercían muchos de sus profesores. Cuenta que incluso llegaba a ser motivo de ofensa para ellos cuando quería hacer algo por sí misma.

UN FUTURO EN EL QUE CONFIAR

Con la mente ya puesta en la universidad, Clara sintió la necesidad de labrarse un futuro en el que poder confiar. "Siempre me habían encantado las ciencias y, como se me daban muy bien, quise ser ingeniera. A sabiendas de que yo sería feliz diseñando estructuras, haciendo cálculos u optimizando el entorno mediante las leyes de la física, me di cuenta de que el mundo no estaba preparado para que se le encargase a una ciega construir un puente".

Clara sabía que, como cualquier otra persona, ese puente lo habría hecho "perfecto para aguantar toneladas de peso", pero lo que no tenía tan claro era que mucha gente le fuera a encargar un proyecto a ella, ya que "antes había muchos más prejuicios". Llegados a este punto, ese fue su verdadero crecimiento personal, el de optar por otra carrera que en el ejercicio de la profesión le causase más alegrías que frustraciones.

"De pequeña me gustaba también la idea de ser abogada y mis padres siempre pensaron que sería lo mejor que podía hacer", asegura Clara, que empezó a estudiar Derecho cargada de ilusión y apostando de nuevo por la educación integrada. Esta nueva etapa, acompañada de un muy buen ambiente, fue tremendamente provechosa para ella, tanto que no quiso perderse el programa Erasmus para viajar y salir de su zona de confort. Así fue cómo acabó en Londres, a pesar de los miedos iniciales de su madre, que se preguntaba si no hubiera sido mejor para ella una ciudad más pequeña como Bolonia.

"Creo que fui la primera ciega en irme de Erasmus. Yo ya sabía manejarme en una ciudad como Salamanca, ahora quería probar algo más grande. Pasé un año fantástico, fue una experiencia increíble. Sentía que ejercía la autonomía total, que ya no estaban ahí mamá y papá". De hecho, fue en la capital inglesa donde le picó el gusanillo de ser letrado del Parlamento inglés. Allí no podía serlo porque no contaba con la nacionalidad, pero le llenaba de ilusión la idea de poder llegar a ser ‘solicitor’ y después ‘barrister’ en el país anglosajón. "Ese año me di cuenta de que puedes hacer lo que quieras. Los límites te los pones tú", afirma con firmeza.

"No sé si con más cariño que preocupación, un amigo de mis padres me convenció para ser letrado de las Cortes, pero en España. Leí el temario y me enamoré: Derecho Público, Constitucional, Administrativo, Filosofía e Historia del Derecho, Configuración de Regímenes Políticos… Todo me apasionaba".

De pronto parecía que para aquella ingeniera de corazón su máxima vocación fuese ser letrada. "Tengo la tremenda suerte de que me acaba interesando todo lo que hago. Creo que las vocaciones existen, pero que también se crean. Pongo siempre mucha carne a todo lo que hago".

Por aquel entonces no aprobó esta oposición, pero sí para la Asamblea de Madrid. "Fui tremendamente feliz. Ese no era mi momento de ejercer en el parlamento español, pero sí a nivel autonómico". Así es como procesa Clara los acontecimientos de la vida. Sin ser una persona especialmente esotérica o espirituosa, está convencida de que cada cosa que no ocurre como esperamos y queremos es porque "no tocaba", porque no era ese el momento.

ANTE LA ESCALINATA DEL CONGRESO

Así fue cómo 10 años después se encontró frente a la escalinata del Congreso de los Diputados. Justo cuando perdía la vista casi al 100 por ciento - Clara sólo percibe actualmente un rastro de luz - las puertas del Parlamento español se le abrían. Y no sabemos si Clara es de navegar contra el viento o de esquivar las borrascas, pero lo consiguió con dos hijos de apenas uno y dos años y en un momento personal nada fácil. Pero "no tenía suficiente" y quiso presentarse a esta oposición por el turno general en lugar de hacerlo por el turno reservado a personas con discapacidad.

Y aprobó, claro que aprobó. Así se lo propuso y en un año ya se estaba publicando su nombramiento en el Boletín Oficial del Estado. Ella se explica y, sin querer o queriendo, se quita méritos: "Para estudiar, me cuesta llegar a los materiales pero, una vez que llego, no tengo una dificultad mayor real". Dice que muchas veces le preguntan cómo es opositar con una dificultad añadida y ella no entiende en sí la pregunta porque se sabe con ceguera desde siempre. "Llevaba 10 años como letrada en la Asamblea, eso facilita, y tampoco quería que nadie me viniera a decir que lo había conseguido por presentarme al turno de discapacidad".

"Mi carta de presentación no es soy ciega y me llamo Clara, sino me llamo Clara y soy ciega. Yo digo que la ceguera es más espectacular que importante. Alguien que me encuentra contando puertas sufre una angustia y una humillación que yo no siento porque es parte de mi vida cotidiana, igual que otras personas se manejan con otras cosas que yo no tengo".

Clara afirma que, si volviese a nacer, elegiría no ser ciega pero también asegura que la ceguera le ha aportado otras cosas que, sin ella, no habría conocido nunca. "La vida, con nuestros recursos, nos la vamos haciendo cada uno. A mí la ceguera me proporciona cierta creatividad que, sin ella, no podría aplicar, por ejemplo, en el trabajo. Sin la ceguera no podría ver un problema desde todas las perspectivas que se aparecen en mi cabeza", sentencia.

De igual manera, considera que sin sus padres no hubiera obtenido las herramientas que tiene para ser feliz. Además, afirma que la verdadera oposición que saca adelante día a día son sus dos hijos. "Ellos son el motor de mi existencia", concluye, al tiempo que insiste en que su lema es "si no aporta, aparta" y así ha ido fraguando su camino, como letrada y como madre, hasta forjar con orgullo su carta de presentación: "Me llamo Clara y soy ciega".